Desarrolladas por teleconferencia, las clases de escritura, matemáticas o yoga que ofrece la asociación estadounidense Sidewalk School son un raro consuelo para los cientos de niños migrantes que viven a lo largo de la frontera de 2 mil 500 kilómetros, desde Tijuana, hasta Matamoros.

En su cocina, Alma Beatriz Serrano Ramírez agita su pizarra frente a la cámara de su teléfono móvil, esperando que Adalid, Kimberly, Osval y sus otros estudiantes se mantengan concentrados en la lección de matemáticas que está dando.

Momentos después, no la conmueve la llegada a la habitación de su hija y su hijo de 2 y 10 años, respectivamente, mientras enseña el sonido de las letras.

“En Honduras di lecciones a niños. Nada que ver con esto. En realidad, nunca imaginé vivir una experiencia así (…). Es realmente difícil, pero a medida que pasa el tiempo, te acostumbras”, declaró a la AFP una vez terminado su trabajo.

Esta migrante de 38 años soñaba con establecerse en Estados Unidos pero, como muchos otros, tuvo que dejar su exiguo equipaje en Matamoros, una ciudad mexicana de 500 mil habitantes que está separada de Estados Unidos solo por el Río Bravo, llamado Rio Grande en el lado estadounidense.

Algunos de sus alumnos viven a 90 kilómetros de ahí, en un campamento de 700 personas erigido en pocas semanas en Reynosa, otra ciudad a las puertas de Estados Unidos.

Los estudiantes y sus padres, que provienen de Honduras, Guatemala y Haití, se encuentran entre los innumerables refugiados que aún acuden en masa a la frontera estadounidense, convencidos de que el presidente Joe Biden dejará entrar a quien lo solicite, a diferencia de la represión de su predecesor, el republicano Donald Trump.

Mientras sus casos son revisados por la administración estadounidense, la espera en las ciudades, a menudo a manos de los narcotraficantes, puede durar meses.

Sidewalk School crece a medida que los migrantes acuden en masa a Matamoros hasta que no pueden caber todos en un campamento de carpas de 3 mil personas.

Con el azote del covid-19 en la región, Felicia Rangel y su socio Víctor Cavazos han comprado 300 tabletas digitales para no abandonar a los 700 jóvenes de 4 a 18 que están bajo su ala.

Fuente: Agencias

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