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Compiten por ‘pillos’, narcos, delincuentes…

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Pese a que la inseguridad y operación del crimen organizado es el principal problema que aqueja a México, las candidatas y el candidato a la Presidencia de la República se dedicaron en su último debate a acusarse sobre quién tiene más “delincuentes” entre sus filas.

Luego de que el INE le advirtió que llamarle a Morena “narco partido” podía recaer en calumnia, la abanderada de la Oposición, Xóchitl Gálvez, argumentó que le llama así porque su líder nacional, Mario Delgado, ayudó al extinto empresario Sergio Carmona, vinculado al crimen organizado, para introducir a México gasolina a México de manera ilegal.

Aseguró que Delgado está bajo investigación criminal por agencias de seguridad de Estados Unidos.

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Mostrando una hoja con sus caras, Sheinbaum le afirmó que “el PRIAN” tiene más gobernadores presos o prófugos que en funciones.

“Éstos sí son hechos, lo demás es palabrería”, respondió.

Acusó al ex panista Felipe Calderón de estallar la violencia en el País, y negociar con el crimen organizado, y muestra de ello es que su Secretario de Seguridad, Genaro García Luna, está en la cárcel en Estados Unidos.

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En otro momento, la panista le rebatió que los ex gobernadores priistas acusados de corrupción están en las filas de Morena o han sido nombrados por el Presidente Andrés Manuel López Obrador como embajadores.

Xóchitl insistió que le llama “narco candidata” a la ex Jefa de Gobierno, porque en el último libro de la periodista Anabel Hernández se afirma que los testigos protegidos que metieron a Género García Luna en la cárcel, al que la morenista crítica, acusan a Sheinbaum y a su ex Secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, de recibir sobornos y droga.

“Como me va a decir que presente la denuncia, pues ya la presenté”, agregó.

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En tono irónico, Sheinbaum le reviró que son mejores las fuentes del libro de “La Reina del Sur”, de Pérez Reverte, que las de la periodista que la acusa.

“Mejor le recomiendo ciencia ficción, por qué no lee a Ray Bradbury, ‘Fahrenheit 451’, o de plano Crónicas Marcianas”, recomendó.

Gálvez se mantuvo: “Ahora resulta que los dichos para meter a la cárcel a García Luna sí son válidos, y cuando se trata de su gobierno no son válidos, sobre todo cuando se trata de ella”.

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Aprovechó la hidalguense para desmarcarse de García Luna y admitió que si acordó con el narcotráfico tiene que estar en la cárcel, pero ella debería preguntarle a “su súper policía”, García Harfuch, que le cuente toda la historia, pues trabajó con quien tanto critica.

Para meterse en el enfrentamiento, el emecista Jorge Álvarez Máynez remató: “Conmigo no se tienen por qué preocupar de cuál García es peor, si García Luna o García Harfuch”.

A Gálvez le refutó que cómo va a enfrentar a los delincuentes, si los tiene en las primeras posiciones de las listas plurinominales.

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Así, los espectadores del tercer debate no escucharon cómo resolverán la violencia que vive el País. Gálvez y Álvarez Máynez hicieron propuestas generales, y Sheinbaum se dedicó a presumir cifras de los logros de ella y el Presidente López Obrador en materia de seguridad.

Aparece hasta la virgen

En su estrategia de ataque, Gálvez acusó a Sheinbaum de hipócrita, soberbia, de extorsionar a los adultos mayores y hasta usar a la Virgen de Guadalupe en una falda.

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“¿Le contestaste a su Santidad cómo usaste la Virgen de Guadalupe en una falda, a pesar de que no crees en ella ni en Dios? ¿Le platicaste que derrumbaste una iglesia cuando fuiste delegada de Tlalpan? No tienes derecho a usar la fe de los mexicanos como oportunismo político”, le reprochó.

La morenista le respondió: “Es una absoluta provocación que no voy a contestar, la va a aclarar mi equipo el día de mañana”.

La estrategia de la candidata oficial fue atacar a los partidos que postulan a su adversaria, al “PRIAN”, que, insistió, son los responsables de los principales problemas que vive el País.

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Y ante las acusaciones de autoritarismo de la 4T, argumentó: “Quiero aclarar que esta narrativa que han estado haciendo los del PRIAN, de que viene el autoritarismo, que hay autoritarismo, es absolutamente falsa. Los únicos que hemos luchado por la democracia en nuestro País, la democracia verdadera, somos nosotros”.

En política social, Sheinbaum presumió los programas de la 4T, y Gálvez la acusó de “extorsionar” a los adultos mayores con su propaganda de que voten por ella si quieren que se mantengan los apoyos.

En el cuarto segmento que sería cara a cara, los moderadores, de las 45 preguntas que les enviaron los candidatos, eligieron las más generales sobre reforma al Poder Judicial, disminución de diputados y gobiernos de coalición.

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Sobre la reforma al Poder Judicial, los tres afirmaron que es necesaria, y Gálvez aprovechó para desacreditar al ex Ministro Arturo Zaldívar, ahora colaborador de Sheinbaum.

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Un vuelco en la estrategia de seguridad

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Opinión de Alfonso Zárate | El Universal |

Quizás resulte inverosímil, pero hay una materia en la que las exigencias del hombre naranja empatan con las de las fracciones más conscientes de la sociedad mexicana: la de abandonar la simulación y la complicidad y poner en marcha una estrategia que contenga y repliegue a la delincuencia.

El secretario Omar García Harfuch encabeza una estrategia que, sin admitirlo, rompe con años de inacción y simulación (“abrazos, no balazos”). De dientes para afuera el gobierno federal podrá seguir con la cantaleta de que se propone atender primero las causas estructurales de la violencia, haciendo creer que el reparto de los dineros sirve para eso, pero lo crucial es que está empezando a usar los enormes recursos humanos, tecnológicos y bélicos con los que cuenta el Estado para enfrentar a las organizaciones criminales.

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Unos cuantos hechos dentro de estos primeros seis meses del gobierno de la doctora Sheinbaum muestran un vuelco en la estrategia de seguridad que impuso López Obrador: la entrega de Rafael Caro Quintero y 28 narcotraficantes, la utilización de la Plataforma México, la atención a los territorios prioritarios, las capturas de generadores de violencia, el incremento de decomisos de armas y drogas…

Un ejemplo mayor: la noche del 21 de octubre en el ejido Plan de Oriente (El Doce) en Culiacán, tuvo lugar una operación militar para detener a Edwin Antonio Rubio López, alias El Max, integrante de una célula de El Mayo Zambada; de acuerdo con la información oficial, sicarios habrían abierto fuego contra los militares que repelieron el ataque con un saldo de 19 personas abatidas y ninguna baja del Ejército. Los militares aseguraron 4 ametralladoras, 17 armas largas, 5 armas cortas y un fusil Barret. No resulta creíble que tomando por sorpresa a los militares y disponiendo de semejante capacidad de fuego, los sicarios no hayan herido o matado a ningún soldado y que el “enfrentamiento” haya terminado con ese saldo.

El segundo episodio tuvo lugar el 4 de enero en Bácum, Sonora, donde —según la información oficial— una agresión de hombres armados contra agentes de la Agencia Ministerial de Investigación Criminal (AMIC) dejó un saldo de ocho sujetos abatidos, entre ellos dos que eran objetivos criminales y contaban con órdenes de aprehensión. Sorprende que en ambos sucesos la narrativa oficial fue la de una agresión de los criminales con armas de fuego, a la cual se respondió con una eficacia y letalidad sorprendentes.

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Si, en efecto, en el primer tramo del gobierno de Claudia Sheinbaum los homicidios dolosos se han reducido 12%, los secuestros 9.3% y las extorsiones casi el 13%; una conclusión provisional sería que enfrentar a los criminales con la fuerza del Estado, en vez de darles abrazos, rinde resultados positivos. Pero, más allá de la detención de alcaldes de municipios pequeños coludidos con bandas delincuenciales, sigue ausente un enfoque integral, la participación de todas las instituciones del Estado y actores sociales e intocadas las redes políticas de protección a los grupos criminales.

Presidente de GCI.

@alfonsozarate

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No es la apología, es el tejido social roto

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Opinión de Jorge Nader Kuri | El Universal |

El reciente concierto en Zapopan, donde se proyectó la imagen de Nemesio Oseguera, alias “El Mencho”, y se coreó con euforia una canción que lo glorifica, no es un hecho aislado ni un simple exceso artístico. Es el reflejo brutal de un fenómeno más profundo: la fractura del tejido social y la derrota simbólica del Estado en muchas regiones del país.

Limitar la discusión a si se violó o no el reglamento municipal, o si procede una investigación penal por apología del delito, es una respuesta jurídicamente correcta, pero éticamente insuficiente. Porque lo verdaderamente preocupante, más allá de la proyección de la imagen de un capo, es que haya sido celebrada, grabada, compartida y aplaudida por cientos de asistentes.

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Ese aplauso espontáneo, cómplice o inconsciente, es la expresión de un quiebre colectivo. Cuando una comunidad comienza a admirar al que impone el miedo; cuando el narcotraficante se convierte en símbolo de poder, justicia o éxito, estamos frente a un fenómeno estructural: la sustitución del Estado por el crimen organizado como proveedor de orden, recompensa y sentido de pertenencia. Cada ovación a un criminal es un silencio ensordecedor ante la ausencia del Estado.

El problema es esencialmente político, ético y cultural; y mientras se pretenda enfrentar con boletines y carpetas de investigación lo que en realidad exige una estrategia integral de reconstrucción comunitaria, seguiremos perdiendo la batalla por el alma colectiva.

El gobernador de Jalisco ha condenado los hechos y anunciado sanciones, y la Universidad de Guadalajara ha intentado deslindarse institucionalmente del contenido. Pero esa reacción reactiva llega tarde, y no basta. ¿Dónde estaban los controles previos? ¿Qué protocolos existen para evitar que los símbolos del crimen se normalicen en espacios públicos administrados por entidades educativas?

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La verdadera respuesta pasa por recuperar la presencia estatal en los territorios y en el imaginario social. Porque mientras el narco reparta despensas, organice festivales, construya canchas y brinde «justicia» inmediata, seguirá ocupando el lugar que el Estado ha abandonado. La legalidad necesita ser visible, rentable y confiable. De lo contrario, el mito del narco justiciero seguirá siendo más creíble que la promesa vacía de la democracia.

La cuestión no radica en censurar a los músicos ni en restringir los contenidos de sus canciones, sino en reflexionar sobre las condiciones sociales y culturales que permiten que esos mensajes resuenen profundamente en ciertas comunidades. ¿Qué futuro puede vislumbrar un joven que crece en una colonia donde el éxito se asocia con quien ostenta armas, lujos y una legión de seguidores? Estamos formando generaciones para quienes el criminal deja de ser una figura temida y se convierte en un modelo a seguir, y eso es un peligro potencial.

Mientras no reconstruyamos los referentes culturales y los vínculos comunitarios, estaremos combatiendo ídolos con discursos y leyes penales insuficientes, y esto nunca ha funcionado. La legalidad no se impone por decreto cuando el imaginario colectivo ya se rindió ante otros símbolos. Es evidente que el verdadero peligro no es que el crimen se celebre en canciones, sino que se empiece a celebrar en las conciencias.

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Abogado penalista.

jnaderk@naderabogados.com

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El cinismo como manejo de crisis

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Opinión de León Krauze | el Universal |

Una de las muchas cosas que distinguen esta época por la que atravesamos de otras etapas de la vida política es la desfachatez. Comienzo con una aclaración obvia pero necesaria: el cinismo siempre ha sido parte de los políticos y asumir responsabilidades por una equivocación siempre ha sido algo raro. Pero lo de ahora es distinto. Y ejemplos sobran, tanto en México como en Estados Unidos.

El manejo de crisis —que, en otras épocas, al menos, daba cabida a la rendición de cuentas— ahora sigue un método recurrente: negar cualquier responsabilidad y evitar asumir costos en absolutamente todos los casos. Es el mantra del gobierno que encabeza Donald Trump. Y lo es porque ha sido el modo de operar del propio Trump desde su época como empresario. Trump nunca pierde, y cuando pierde trabaja para crear la ilusión de lo contrario. Aunque las circunstancias más esenciales de la decencia —e incluso de la evidencia— así lo sugirieran, Trump nunca admite un error.

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El ejemplo más reciente es lo sucedido con el tristemente célebre chat de Signal, en el que el secretario de Defensa, Hegseth, compartió detalles confidenciales del ataque contra los hutíes. Tan clara y profunda es la falta que el desenlace correcto —e incluso legalmente congruente— sería la salida de Hegseth y, probablemente, del asesor de Seguridad Nacional, Waltz, quien fue quien sumó al periodista Jeffrey Goldberg a la conversación virtual. Si este escándalo hubiera ocurrido bajo cualquier otra administración, la rendición de cuentas sería inevitable.

Pero no con Trump.

Ante el escándalo, Trump se ha atrincherado, negándose a que los miembros de su gabinete rindan cuentas. Los rumores en Washington sugieren que Trump no está dispuesto a despedir a ninguno de los involucrados porque hacerlo implicaría, en su universo, reconocer debilidad y otorgarles un triunfo a sus adversarios. Por la cabeza no le pasa la rendición de cuentas elemental que debe ejercer un gobierno ético.

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El cinismo es el principio rector de su manejo de crisis

Lo mismo pasa en México. Basta ver el caso de Cuauhtémoc Blanco. ¿Por qué el partido oficial se niega a quitarle el fuero a Blanco? Si la evidencia es clara, y la necesidad moral de hacerlo —mucho más para un partido que se dice progresista, que ha prometido renovación moral, que se autodefine como feminista, y bla, bla, bla— es tan evidente, ¿por qué Morena opta por arropar a Blanco?

La respuesta está en el manual de manejo de crisis, uno de los legados esenciales de Andrés Manuel López Obrador. Como Trump, López Obrador asumía cada crisis como una amenaza casi personal a su asidero en el poder. No concebía la rendición de cuentas como un acto de responsabilidad y fortaleza, sino todo lo contrario: quien acepta un error y toma decisiones difíciles para remediarlo, muestra debilidad, pierde puntos políticos y regala una victoria a los adversarios. ¿Cuántas veces escuchó el lector a López Obrador aceptar un error en público? ¿Cuántas veces reconoció un tropiezo propio o de su equipo y actuó en consecuencia, así fuera en contra de sus propios deseos? Se me ocurren muy, pero muy pocas veces, si acaso.

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Todo esto podrá tener sentido como estrategia política populista. Después de todo, proyectar esa aura de invulnerabilidad es esencial para mantener el embrujo sobre la base electoral. Pero no hay que confundirlo con gobierno responsable. Ni mucho menos con gobierno ético.

¿Qué le queda al ciudadano? Recordar frente a las urnas. Los partidos en el poder que le han dado la espalda a la rendición de cuentas y actúan desde el cinismo apuestan por la amnesia colectiva. Trump quiere sacar del ciclo noticioso el chat de Signal y que sus “periodistas” afines desvíen la atención. En México llevamos años en un ciclo similar. Tocará al electorado demostrar que se puede tener memoria y se puede aspirar a gobiernos que asuman que rendir cuentas es de valientes.

@LeonKrauze

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