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¿La hora final de Maduro?

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Opinión de Jorge Fernández Menéndez | Debate |

El régimen de Nicolás Maduro murió hace ya mucho tiempo, por su represión contra el pueblo, su ineficiencia, su evidente incapacidad para administrar un país, Venezuela, que alguna vez tuvo la mejor economía de América latina y que ahora está entre los tres más empobrecidos de la región. Se mantiene por el petróleo y el narcotráfico. Sus relaciones con América Latina las sostienen, con alfileres (porque defender a Maduro es cada día más impopular), México y Brasil, también el mandatario colombiano Gustavo Petro que ya ha perdido el control de su país y que terminará muy mal su gestión el próximo año. Y por supuesto con el apoyo de Cuba, Irán, Rusia, que tanto le han costado, social y económicamente al país.

Durante el régimen de Maduro han abandonado Venezuela casi un tercio de sus habitantes, obligados a un exilio político o económico. Muchos de sus exiliados son profesionales que hoy conducen un uber en Miami, limpian casas en Buenos Aires o buscan infructuosamente un permiso de entrada a Estados Unidos en las largas caminatas a lo largo y ancho de México.

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Estados Unidos ha desplegado a las tropas y equipos del Comando Sur al Caribe, frente a Venezuela. Se ha movilizado a más de cuatro mil soldados de la 22ª Unidad Expedicionaria de la Infantería de Marina y al Grupo Anfibio Listo de Iwo Jima. En su apoyo se desplegó también un submarino de ataque nuclear, aviones de reconocimiento P8 Poseidón, varios destructores, un crucero con misiles guiados, barcos como el USS Iwo Jima, USS Fort Lauderdale y USS San Antonio, un enorme movilización militar que, como ya hemos dicho en otra oportunidad, intimida pero que también abre todo un abanico de opciones ante situaciones de amenaza a la seguridad nacional.

Es el tipo de despliegue que se realiza en situaciones críticas y así consideran la Casa Blanca y el departamento de Estado lo que se vive con el narcotráfico. La Unión Americana no reconoce a Maduro como presidente, pero sí como líder del cártel de los Soles, como asociado al cártel de Sinaloa, y la fiscal Pam Bondi afirmó que Maduro mantiene un “puente aéreo” que conecta Venezuela, Honduras, Guatemala y México para transportar cocaína y fentanilo, intercambiando dinero y armas para garantizar la libre circulación de sustancias ilícitas sin ser detectados. Puede ser que sea exagerado pero es verosímil.

El gobierno de Maduro oscila entre la bravuconería y el miedo, ordena movilizar cuatro millones de reservistas (lo que implicaría que uno de cada seis venezolanos estuviera en armas), que luego dice que son voluntarios aunque, la verdad, la enorme mayoría de ellos no tienen ni la menor idea de lo que es una verdadera capacitación militar.

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La implicación de los mandos políticos y militares con el crimen organizado y grupos armados es evidente sobre todo en relación con Colombia, donde el gobierno venezolano apoya e impulsa tanto al Ejército de Liberación Nacional (ELN), una guerrilla reconvertida en traficantes de cocaína, como a las disidencias de las FARC que no apoyaron el acuerdo de paz y que Petro dejó crecer tanto como a los cárteles con una complicidad y displicencia absoluta.

El problema es que ya se les han salido de cauce: el atentado de la semana pasada contra una base militar en Cali, que dejó 19 muertos y decenas de heridos fue la mejor demostración, así como el asesinato del candidato presidencial Miguel Uribe. Los responsables del atentado es el llamado Estado Mayor Central, un grupo armado desprendido de las FARC y con estrecha relación con Venezuela. Los asesinos del candidato presidencial Miguel Ángel Uribe Turbay,  serían de otro grupo de disidentes de las FARC, la Segunda Marquetalia, al mando de Iván Márquez.

Con México todos estos grupos han mantenido relación desde hace años, desde que en la Confederación Permanente de Partidos Políticos de América Latina (COPPPAL), hoy una institución fantasma, pero durante el gobierno de López Portillo muy poderosa, incorporará como miembro permanente a las FARC e incluso se les dio una ofician en la ciudad de México casi con categoría de embajada. Lo cierto es que pocos años después los grupos de las FARC ya trabajaban con los Arellano Félix, y lo han seguido haciendo con los cárteles mexicanos hasta hoy.

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Esos grupos armados colombianos que rechazaron los acuerdos de paz que se firmaron durante el gobierno de Juan Manuel Santos, siempre mantuvieron estrecha relación con el gobierno de Hugo Chávez y a la muerte de éste con el de Nicolás Maduro, y fue durante su gestión que los políticos y militares, ante la caída de los precios del petróleo y la desastrosa gestión económica, comenzaron a recurrir en forma sistemática al narcotráfico para financiarse.

No sé qué terminará haciendo Estados Unidos con Maduro y su gobierno, luego de su despliegue militar. Lo que sí es evidente es que, en la lógica de romper las tramas del narcotráfico en toda la región andina y caribeña, con fuertes lazos en América Central y México, acabar con el régimen de Maduro termina siendo imprescindible.

INE, ni Pío

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Cuando se divulgó el video de Pío López Obrador recibiendo sobres con dinero, el entonces presidente López Obrador argumentó públicamente que no eran recursos para uso personal, sino dinero para “el movimiento”, para actividades proselitistas. Ahora, cinco años, después el INE decidió exculpar a Pío porque dijo que no tenían pruebas de que ese dinero fuera para “el movimiento”, porque no había registro de ello, imagínese usted, en el SAT. Con que hubieran revisado las mañaneras de aquellos días hubieran encontrado las pruebas.

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Más allá del narcotráfico

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El devastador impacto ambiental del Cártel de Jalisco Nueva Generación en América Latina

La violencia en México se intensificó tras un operativo militar en el sur del estado de Jalisco que terminó con la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG). En represalia, el cártel desató una ola de ataques y bloqueos en varios puntos del país que ya dejan más de 60 personas muertas.

El Cártel de Jalisco Nueva Generación es considerado uno de los grupos criminales más poderosos y violentos de México. Mantenía una extensa red dedicada al tráfico de fentanilo, metanfetamina y cocaína hacia Estados Unidos. Su expansión también ha tenido graves consecuencias ambientales y sociales. Investigaciones periodísticas de Mongabay Latam documentan cómo miles de pescadores en Jalisco y la costa del Pacífico viven atrapados entre la pobreza, la extorsión y la violencia, mientras el cártel utiliza los mares para el narcotráfico.

En tierra, la expansión del aguacate ha provocado una alarmante pérdida de bosques, en un negocio infiltrado por mafias ligadas al CJNG. Además, más de 200 toneladas de mercurio han sido traficadas desde México hacia la Amazonía de Perú, Bolivia y Colombia para alimentar la minería ilegal. En Ecuador, bandas de piratas asociadas al cártel mexicano controlan puertos y extorsionan a pescadores artesanales, extendiendo la violencia más allá de las fronteras mexicanas.

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Jalisco es el segundo estado productor de aguacate en México. Imágenes satelitales revelan cómo la expansión de este cultivo ha generado una grave pérdida de bosque. A esto se suma que detrás de este negocio hay mafias criminales que se presentan como parte del Cártel Jalisco Nueva Generación.

Miles de pescadores en Jalisco y la costa del Pacífico mexicana están atrapados entre la pobreza y la violencia del narcotráfico. El Cártel de Jalisco Nueva Generación utiliza los mares para expandir sus negocios ilícitos. Investigamos el caso.

Más de 200 toneladas de mercurio han sido traficadas desde México hacia la Amazonía de Perú, Bolivia y Colombia para alimentar la minería ilegal. Así lo revela la Agencia de Investigación Ambiental (EIA), que además encontró que el Cártel Jalisco Nueva Generación lidera esta red criminal.

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Más del 70 % de pescadores artesanales en Puerto Bolívar, en Ecuador, paga extorsiones para salir a pescar. Quienes no pagan enfrentan amenazas, robos, desapariciones y asesinatos. Piratas y bandas como Los Lobos, ligada al cártel Jalisco Nueva Generación, controlan el narcotráfico en el puerto

 

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El Mencho es el mensaje

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Opinión de Raymundo Sánchez

Lo dijo perfecto el general secretario de la Defensa, Ricardo Trevilla, en la conferencia mañanera del pasado lunes: “Se demostró la fuerza del Estado mexicano”, en referencia al operativo del Ejército con el que se eliminó a Nemesio Rubén Oseguera, alias El Mencho, uno de los más peligrosos capos del planeta.

En efecto, la acción militar contra el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación dejó claro que la fuerza del Estado mexicano es mucho mayor a la de cualquier grupo delictivo, con lo que se modifica la percepción sobre el poder real y efectivo de la delincuencia organizada.

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Bastaron un impecable trabajó de inteligencia entre México y Estados Unidos, y un operativo coordinado por el Gabinete de Seguridad, al mando de Omar García Harfuch, para dejar acéfalo al mayor grupo criminal de México, al que se le atribuyen más de 75 mil homicidios, la desaparición de 10 mil personas en Jalisco y un poderío económico de 20 mil millones de dólares.

Un cártel que, además, opera en 29 de las 32 entidades de México, y cuyos tentáculos se extienden a 40 países de Europa, América, Asia, África, y a las 50 entidades de Estados Unidos. Un poder mucho mayor al que en su momento tuvo el colombiano Pablo Escobar. Pero ni así le alcanzó para evadir la acción del gobierno mexicano el pasado domingo.

En ese sentido, el operativo ejecutado por la Defensa Nacional fue en sí mismo un muy poderoso mensaje para los miembros de la delincuencia organizada, que hasta el sexenio pasado se les dejó imponer su ley, controlar 70 por ciento del territorio nacional, poner y quitar gobernantes y crear un Estado paralelo, mientras Palacio Nacional les daba abrazos y a lo mucho les advertía que los acusaría con su abuelita.

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Ahora, el gobierno cambió la ecuación a los maleantes y a sus cómplices en la política: el Estado dio un primer paso para recuperar el monopolio del uso de la fuerza y los territorios que les cedieron en el sexenio pasado. Y lo hace con calibres de uso exclusivo del Ejército.

También les hizo entender que la primera mujer presidentA no repetirá la historia del culiacanazo, cuando el 17 de octubre de 2019 el entonces presidente López ordenó liberar a Ovidio Guzmán, hijo de El Chapo Guzmán, inmediatamente después de que fuerzas federales lo habían aprehendido en Culiacán.

Pero, sobre todo,

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el operativo para eliminar a El Mencho mostró al mundo que el Estado mexicano y sus Fuerzas Armadas sí tienen la capacidad de combatir con éxito a los grupos delictivos

, del tamaño que sean, sin la intervención operativa de agentes estadounidenses. Y que, si sus antecesores en el gobierno no lo hicieron, evidentemente fue porque no quisieron. ***

EN EL VISOR:

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Toda la cuatroté respaldó y felicitó a la presidentA Sheinbaum y a las Fuerzas Armadas por el operativo en el que resultó abatido el capo

Nemesio Rubén Oseguera.

No así el fundador del movimiento, cuyo silencio dice más que mil palabras.

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POR RAYMUNDO SÁNCHEZ PATLÁN COLABORADOR RAYMUNDO@HERALDODEMEXICO.COM @R_SANCHEZP

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Ruido de fondo: El mito del narco “benefactor”

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Opinión de Alejandro Piña

Hace unos días, la responsable de comunicación social de Morena en el Congreso de la Ciudad de México dijo algo que debería prender todas las alertas: es difícil acabar con el crimen organizado porque “el narcotráfico es uno de los mayores empleadores” del país. El deslinde presidencial fue inmediato. Y tenía que serlo, porque esa frase, aunque sea un “desliz”, deja al descubierto una idea peligrosa: que el crimen es necesario.

Ese mito circula desde hace años: “sí, hacen daño, pero dan trabajo”; “ponen orden”; “ayudan donde el gobierno no llega”. Y no es casual, el sociólogo Diego Gambetta mostró que las organizaciones mafiosas no sobreviven sólo por la fuerza y la violencia, también se presentan como proveedoras de protección en contextos de ausencia estatal.El mito prospera ahí: en el abandono, la pobreza y la falta de oportunidades. Pero entender por qué surge no significa aceptarlo. De hecho, aceptarlo es el primer paso para resignarse.

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El crimen organizado no “da empleo” como quien abre una fábrica o un negocio. Lo que hace es reclutar: jóvenes que no ven salida, personas atrapadas por necesidad, familias amenazadas, comunidades asfixiadas. Cuando alguien entra a ese mundo, rara vez entra por vocación. Entra porque lo empujan, por la falta de oportunidades o por el miedo. Y cuando el “trabajo” viene con un arma, una amenaza o una deuda, eso no es trabajo: es coerción.

Las y los menores reclutados por la delincuencia organizada enfrentan un riesgo extremo de no llegar a la adultez. Estimaciones basadas en testimonios y en el análisis de especialistas en seguridad y derechos humanos advierten que, tras ser incorporados a estas redes criminales, su expectativa de vida se reduce drásticamente: en muchos casos, sobreviven apenas entre uno y tres años más. Detrás de estas cifras hay historias marcadas por la marginación, pero también una responsabilidad colectiva ineludible: la de impedir que la infancia y la adolescencia sigan siendo terreno fértil para estructuras que los desechan con la misma facilidad con la que los reclutan.

Además, el cuento de que el crimen “genera economía” se cae cuando miras el otro lado de la balanza: lo que destruyen. Pregúntale a cualquier comerciante que vive bajo cobro de piso si el crimen “da orden”. El crimen no impulsa negocios: los exprime. No crea empresas: las cierra. No produce riqueza: la roba. Los costos de seguridad privada, los negocios que bajan cortinas, los emprendedores que renuncian, las rutas de transporte extorsionada. Todo esto es economía real que se rompe.

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Y está la otra parte: la vida cotidiana. El crimen te cobra por vender, por mover mercancía, por abrir, por existir. “Paga y te dejo trabajar”, esa es la lógica. No es un empleador: es un parásito que se cuelga del esfuerzo de la gente y lo convierte en tributo.

Incluso, cuando un grupo criminal “pavimenta una calle” o “financia una fiesta” no está resolviendo problemas: está comprando silencio y legitimidad. Es la misma lógica del cobro de piso, pero en versión simbólica: te doy algo para que me toleres, para que me veas como necesario, para que el Estado parezca ausente y yo parezca inevitable.

Y el daño más grave es el que no se ve en números, pero se siente en generaciones completas: niñas, niños y adolescentes en riesgo de reclutamiento. Ahí, el mito se vuelve tragedia, porque no es “empleo” lo que ofrecen: es cárcel o muerte. Es romper trayectorias escolares, destruir familias, cancelar futuros. Eso no es una salida, es una condena.

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Por eso, el problema de esa frase no es solo que sea imprudente. Es que normaliza la idea de que el crimen puede cumplir funciones sociales. Y, cuando la aceptamos, el estándar ciudadano se derrumba: dejamos de exigir seguridad, justicia y desarrollo, y nos conformamos con sobrevivir.

Desmontar este mito debería ser parte de la estrategia de seguridad. Combatir la inseguridad no termina en operativos e inteligencia, también es quitarle el relato al crimen organizado, quitarle el “prestigio”, quitarle la falsa etiqueta de “necesario”. Y, sobre todo, dar alternativas reales: empleo digno, educación, comunidad y un Estado que aparezca en serio. Porque la única “estabilidad” que ofrece el crimen es el miedo. Y México merece algo más fuerte que el miedo: merece confianza y paz.

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