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El gran mito sobre Cuba

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Opinión de Guillermo Lerdo de Tejada

Una de las fallas más graves de la política exterior mexicana contemporánea ha sido su tolerancia, y en los hechos, respaldo, a la dictadura cubana. No es una omisión meramente teórica: es una falta ética, con consecuencias prácticas, al consentir durante más de seis décadas la opresión sistemática de millones de personas.

El día que ese régimen caiga -porque todos los regímenes caen- y los habitantes de la isla puedan hablar con libertad, habrá un reproche legítimo hacia México: no haber tenido la valentía política ni la honestidad intelectual para distinguir entre el pueblo cubano y el gobierno que lo sometió. Por negar la realidad de la miseria y la violencia del castrismo. Por ni siquiera atreverse a llamarle dictadura. Por brindar legitimidad diplomática y ayuda material no a las víctimas, sino al aparato que las controla.

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El año pasado, nos convertimos en el principal proveedor de combustible a Cuba (desplazando a Venezuela, y por encima de Rusia). Cada día, enviamos unos 17 mil 200 barriles de crudo y otros 2 mil de productos petroleros, lo que a su vez fue un aumento meteórico de 56% respecto a 2024.

El apoyo energético podría tener justificación humanitaria si estuviera condicionado a dos elementos básicos:

Transparencia verificable sobre su uso en beneficio directo de la población civil; y Cláusulas de suspensión automática ante actos de represión contra sus ciudadanos, mismos que han ido en aumento y están documentados, pese a la censura oficial.

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Nada de eso existe. No hay mecanismos públicos de auditoría. Persisten los apagones generalizados en la isla, mientras el aparato de seguridad del Estado opera sin restricciones. En ausencia de condiciones claras, el envío de combustible equivale a un subsidio incondicional al régimen.

Algo similar ocurre con la “contratación” de aproximadamente tres mil 700 médicos cubanos, con pagos que rondan los 5 mil dólares mensuales por cada uno. Diversos reportes internacionales han señalado que la mayor parte de esos recursos no se entrega directamente a esos médicos, sino al gobierno cubano, y que las condiciones laborales implican restricciones severas a su libertad. Más allá del debate sobre la muy cuestionada necesidad interna de ese personal, el diseño del esquema vuelve a convertir la cooperación en financiamiento indirecto a La Habana.

En el plano diplomático, México ha mantenido históricamente una posición de respaldo político a Cuba: desde la famosa abstención solitaria a su expulsión de la OEA en 1962, hasta sus votos recurrentes contra el embargo (que no “bloqueo”) estadounidense en la ONU. El problema no es discrepar del embargo; es hacerlo de manera incondicional, sin exigir compromisos en materia de derechos humanos, por ejemplo. Por nuestro peso diplomático y económico regional, México sí podría influir en la definición de estas dinámicas. Pero no, apoyamos irrestrictamente al castrismo en abstracto, como si no fuese una dictadura, ciegos al dolor de la gente.  ¿Por qué México actúa así? Se suele invocar una afinidad histórica entre dos revoluciones. Pero la Revolución Mexicana derivó, con todos sus claroscuros, en un régimen civil e institucional que eventualmente transitó hacia la pluralidad democrática. La cubana desembocó en una dictadura militar de partido único, sin alternancia, sin prensa libre y sin elecciones. También se menciona el viejo “anti-yanquismo” como punto de coincidencia ideológica. Pero México lleva más de tres décadas profundamente integrado económica y estratégicamente a Estados Unidos. Habrá quien argumente una lectura legalista, o incluso pragmática del principio de no intervención: no inmiscuirse en asuntos ajenos para no legitimar que lo hagan en los nuestros. Pero la defensa de derechos humanos es también un mandato de nuestra Constitución. Condicionar apoyos, por ejemplo, no es intervenir; es actuar con coherencia normativa. En cualquier caso, el principio de no intervención no puede derivar en indiferencia moral.  Incluso, se ha tratado de explicar la posición mexicana como moneda de cambio para que La Habana no cometa actos de desestabilización. Si esa hipótesis fuera cierta, implicaría una preocupante admisión de vulnerabilidad estatal. Y, en cualquier caso, el costo estratégico es evidente: esta política tensiona innecesariamente nuestra relación con Estados Unidos, nuestro principal socio comercial y aliado geopolítico. El gran mito ha sido presentar esta postura como solidaridad con el pueblo cubano. No lo es. Solidaridad sería canalizar apoyo directo, transparente y condicionado a la población. Lo que hoy existe es respaldo político y material al aparato estatal que concentra el poder. Políticos de casi todos los partidos e intelectuales de diversas corrientes han evitado una distinción elemental: pueblo cubano no es lo mismo que dictadura cubana; ayuda humanitaria no es lo mismo que financiamiento al gobierno; respeto a la autodeterminación no equivale a tolerar la violación sistemática de derechos fundamentales. Antes que ese régimen caiga, sería conveniente que más voces en México denuncien a la dictadura por lo que es. Porque ese pueblo un día nos reprochará nuestra tolerancia, nuestro silencio, y será decoroso poder decir al menos que no fue unánime. POR GUILLERMO LERDO DE TEJADA COLABORADOR @GUILLERMOLERDO

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Más allá del narcotráfico

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El devastador impacto ambiental del Cártel de Jalisco Nueva Generación en América Latina

La violencia en México se intensificó tras un operativo militar en el sur del estado de Jalisco que terminó con la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG). En represalia, el cártel desató una ola de ataques y bloqueos en varios puntos del país que ya dejan más de 60 personas muertas.

El Cártel de Jalisco Nueva Generación es considerado uno de los grupos criminales más poderosos y violentos de México. Mantenía una extensa red dedicada al tráfico de fentanilo, metanfetamina y cocaína hacia Estados Unidos. Su expansión también ha tenido graves consecuencias ambientales y sociales. Investigaciones periodísticas de Mongabay Latam documentan cómo miles de pescadores en Jalisco y la costa del Pacífico viven atrapados entre la pobreza, la extorsión y la violencia, mientras el cártel utiliza los mares para el narcotráfico.

En tierra, la expansión del aguacate ha provocado una alarmante pérdida de bosques, en un negocio infiltrado por mafias ligadas al CJNG. Además, más de 200 toneladas de mercurio han sido traficadas desde México hacia la Amazonía de Perú, Bolivia y Colombia para alimentar la minería ilegal. En Ecuador, bandas de piratas asociadas al cártel mexicano controlan puertos y extorsionan a pescadores artesanales, extendiendo la violencia más allá de las fronteras mexicanas.

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Jalisco es el segundo estado productor de aguacate en México. Imágenes satelitales revelan cómo la expansión de este cultivo ha generado una grave pérdida de bosque. A esto se suma que detrás de este negocio hay mafias criminales que se presentan como parte del Cártel Jalisco Nueva Generación.

Miles de pescadores en Jalisco y la costa del Pacífico mexicana están atrapados entre la pobreza y la violencia del narcotráfico. El Cártel de Jalisco Nueva Generación utiliza los mares para expandir sus negocios ilícitos. Investigamos el caso.

Más de 200 toneladas de mercurio han sido traficadas desde México hacia la Amazonía de Perú, Bolivia y Colombia para alimentar la minería ilegal. Así lo revela la Agencia de Investigación Ambiental (EIA), que además encontró que el Cártel Jalisco Nueva Generación lidera esta red criminal.

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Más del 70 % de pescadores artesanales en Puerto Bolívar, en Ecuador, paga extorsiones para salir a pescar. Quienes no pagan enfrentan amenazas, robos, desapariciones y asesinatos. Piratas y bandas como Los Lobos, ligada al cártel Jalisco Nueva Generación, controlan el narcotráfico en el puerto

 

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El Mencho es el mensaje

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Opinión de Raymundo Sánchez

Lo dijo perfecto el general secretario de la Defensa, Ricardo Trevilla, en la conferencia mañanera del pasado lunes: “Se demostró la fuerza del Estado mexicano”, en referencia al operativo del Ejército con el que se eliminó a Nemesio Rubén Oseguera, alias El Mencho, uno de los más peligrosos capos del planeta.

En efecto, la acción militar contra el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación dejó claro que la fuerza del Estado mexicano es mucho mayor a la de cualquier grupo delictivo, con lo que se modifica la percepción sobre el poder real y efectivo de la delincuencia organizada.

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Bastaron un impecable trabajó de inteligencia entre México y Estados Unidos, y un operativo coordinado por el Gabinete de Seguridad, al mando de Omar García Harfuch, para dejar acéfalo al mayor grupo criminal de México, al que se le atribuyen más de 75 mil homicidios, la desaparición de 10 mil personas en Jalisco y un poderío económico de 20 mil millones de dólares.

Un cártel que, además, opera en 29 de las 32 entidades de México, y cuyos tentáculos se extienden a 40 países de Europa, América, Asia, África, y a las 50 entidades de Estados Unidos. Un poder mucho mayor al que en su momento tuvo el colombiano Pablo Escobar. Pero ni así le alcanzó para evadir la acción del gobierno mexicano el pasado domingo.

En ese sentido, el operativo ejecutado por la Defensa Nacional fue en sí mismo un muy poderoso mensaje para los miembros de la delincuencia organizada, que hasta el sexenio pasado se les dejó imponer su ley, controlar 70 por ciento del territorio nacional, poner y quitar gobernantes y crear un Estado paralelo, mientras Palacio Nacional les daba abrazos y a lo mucho les advertía que los acusaría con su abuelita.

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Ahora, el gobierno cambió la ecuación a los maleantes y a sus cómplices en la política: el Estado dio un primer paso para recuperar el monopolio del uso de la fuerza y los territorios que les cedieron en el sexenio pasado. Y lo hace con calibres de uso exclusivo del Ejército.

También les hizo entender que la primera mujer presidentA no repetirá la historia del culiacanazo, cuando el 17 de octubre de 2019 el entonces presidente López ordenó liberar a Ovidio Guzmán, hijo de El Chapo Guzmán, inmediatamente después de que fuerzas federales lo habían aprehendido en Culiacán.

Pero, sobre todo,

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el operativo para eliminar a El Mencho mostró al mundo que el Estado mexicano y sus Fuerzas Armadas sí tienen la capacidad de combatir con éxito a los grupos delictivos

, del tamaño que sean, sin la intervención operativa de agentes estadounidenses. Y que, si sus antecesores en el gobierno no lo hicieron, evidentemente fue porque no quisieron. ***

EN EL VISOR:

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Toda la cuatroté respaldó y felicitó a la presidentA Sheinbaum y a las Fuerzas Armadas por el operativo en el que resultó abatido el capo

Nemesio Rubén Oseguera.

No así el fundador del movimiento, cuyo silencio dice más que mil palabras.

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POR RAYMUNDO SÁNCHEZ PATLÁN COLABORADOR RAYMUNDO@HERALDODEMEXICO.COM @R_SANCHEZP

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Ruido de fondo: El mito del narco “benefactor”

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Opinión de Alejandro Piña

Hace unos días, la responsable de comunicación social de Morena en el Congreso de la Ciudad de México dijo algo que debería prender todas las alertas: es difícil acabar con el crimen organizado porque “el narcotráfico es uno de los mayores empleadores” del país. El deslinde presidencial fue inmediato. Y tenía que serlo, porque esa frase, aunque sea un “desliz”, deja al descubierto una idea peligrosa: que el crimen es necesario.

Ese mito circula desde hace años: “sí, hacen daño, pero dan trabajo”; “ponen orden”; “ayudan donde el gobierno no llega”. Y no es casual, el sociólogo Diego Gambetta mostró que las organizaciones mafiosas no sobreviven sólo por la fuerza y la violencia, también se presentan como proveedoras de protección en contextos de ausencia estatal.El mito prospera ahí: en el abandono, la pobreza y la falta de oportunidades. Pero entender por qué surge no significa aceptarlo. De hecho, aceptarlo es el primer paso para resignarse.

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El crimen organizado no “da empleo” como quien abre una fábrica o un negocio. Lo que hace es reclutar: jóvenes que no ven salida, personas atrapadas por necesidad, familias amenazadas, comunidades asfixiadas. Cuando alguien entra a ese mundo, rara vez entra por vocación. Entra porque lo empujan, por la falta de oportunidades o por el miedo. Y cuando el “trabajo” viene con un arma, una amenaza o una deuda, eso no es trabajo: es coerción.

Las y los menores reclutados por la delincuencia organizada enfrentan un riesgo extremo de no llegar a la adultez. Estimaciones basadas en testimonios y en el análisis de especialistas en seguridad y derechos humanos advierten que, tras ser incorporados a estas redes criminales, su expectativa de vida se reduce drásticamente: en muchos casos, sobreviven apenas entre uno y tres años más. Detrás de estas cifras hay historias marcadas por la marginación, pero también una responsabilidad colectiva ineludible: la de impedir que la infancia y la adolescencia sigan siendo terreno fértil para estructuras que los desechan con la misma facilidad con la que los reclutan.

Además, el cuento de que el crimen “genera economía” se cae cuando miras el otro lado de la balanza: lo que destruyen. Pregúntale a cualquier comerciante que vive bajo cobro de piso si el crimen “da orden”. El crimen no impulsa negocios: los exprime. No crea empresas: las cierra. No produce riqueza: la roba. Los costos de seguridad privada, los negocios que bajan cortinas, los emprendedores que renuncian, las rutas de transporte extorsionada. Todo esto es economía real que se rompe.

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Y está la otra parte: la vida cotidiana. El crimen te cobra por vender, por mover mercancía, por abrir, por existir. “Paga y te dejo trabajar”, esa es la lógica. No es un empleador: es un parásito que se cuelga del esfuerzo de la gente y lo convierte en tributo.

Incluso, cuando un grupo criminal “pavimenta una calle” o “financia una fiesta” no está resolviendo problemas: está comprando silencio y legitimidad. Es la misma lógica del cobro de piso, pero en versión simbólica: te doy algo para que me toleres, para que me veas como necesario, para que el Estado parezca ausente y yo parezca inevitable.

Y el daño más grave es el que no se ve en números, pero se siente en generaciones completas: niñas, niños y adolescentes en riesgo de reclutamiento. Ahí, el mito se vuelve tragedia, porque no es “empleo” lo que ofrecen: es cárcel o muerte. Es romper trayectorias escolares, destruir familias, cancelar futuros. Eso no es una salida, es una condena.

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Por eso, el problema de esa frase no es solo que sea imprudente. Es que normaliza la idea de que el crimen puede cumplir funciones sociales. Y, cuando la aceptamos, el estándar ciudadano se derrumba: dejamos de exigir seguridad, justicia y desarrollo, y nos conformamos con sobrevivir.

Desmontar este mito debería ser parte de la estrategia de seguridad. Combatir la inseguridad no termina en operativos e inteligencia, también es quitarle el relato al crimen organizado, quitarle el “prestigio”, quitarle la falsa etiqueta de “necesario”. Y, sobre todo, dar alternativas reales: empleo digno, educación, comunidad y un Estado que aparezca en serio. Porque la única “estabilidad” que ofrece el crimen es el miedo. Y México merece algo más fuerte que el miedo: merece confianza y paz.

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