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El Liderazgo Político desde la Comunicación Polarizada

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PÉNDULO POLÍTICO 11 -B -2024
EMILIANO CARRILLO CARRASCO

Para que exista un fenómeno de liderazgo tiene que haber una percepción de liderazgo a través de la cual los sujetos atribuyan a alguien la condición de líder. Un político no se convierte en líder si los ciudadanos no lo perciben como tal y en este proceso de percepción, las estrategias y recursos comunicativos y simbólicos desempeñan un papel central. Las estrategias y recursos comunicativos le sirven a un político para posicionar su figura en el espacio público y en los medios de comunicación, fijar la agenda de temas, concitar apoyos, aumentar su popularidad, generar credibilidad y confianza, incrementar su nivel de conocimiento y de visibilidad entre la población, construir y difundir un branding emocional y funcional de su figura, reclutar seguidores, mantener a sus seguidores y motivarlos, difundir su visión, etc. La segunda quincena de marzo o a principios de abril la convocatoria a diputados y presidentes de la coalición con sus respectivos siglado, género y la reelección al 2024 .Las campañas en inicio el 25 de abril al 29 de Mayo.
Las estrategias y recursos comunicativos son parte constitutiva de los procesos de persuasión e influencia y por eso, son un elemento al que un político debe prestar especial atención si quiere ser percibido como un líder. Los medios de comunicación poseen capacidad para establecer la agenda de temas del debate público y para definir una serie de pautas (marcos) con las que promueven una determinada interpretación de los hechos sobre los que informan. Asimismo, el framing (encuadre) que los medios realizan de las figuras de los políticos, es una “invitación persuasiva” para definirlos a ellos y a su estilo de liderazgo de un modo en particular. Los esquemas cognitivos que difunden influyen en el clima de opinión y contribuyen a delinear la imagen que los públicos se hacen de los políticos. Los medios pueden repercutir de manera negativa en las aspiraciones de un político de convertirse en líder, ya que los esquemas interpretativos difundidos (framing) pueden promover una percepción alejada de la imagen de liderazgo que se intenta cimentar. Por ejemplo, en Brasil, en la campaña de las elecciones presidenciales de 1989 la Rede Globo editó el último debate entre los candidatos, favoreciendo a Fernando Collor de Mello, en contra Luis Inácio Lula da Silva.
En Argentina, la imitación que del presidente Fernando de la Rúa se hacía en un programa con altos niveles de audiencia y emitido en el prime time fue determinante para instalar su imagen como la de un hombre vacilante, distraído, incapaz hasta de encontrar la puerta de salida. Las causas y las batallas sociales no tienen fronteras, dado que existen problemáticas comunes por lo tanto, posibilidad de lograr sinergias y alianzas para encontrar alternativas de solución. Cuando no hay estrategia y solo existe impulso emocional se corre el riesgo de entrar en un activismo desbordado que en poco tiempo genera desgaste y desánimo. El punto fundamental para explicar el liderazgo, radicaría entonces, en la capacidad del líder para definir, articular y comunicar de forma eficaz dicha visión. De este modo, la capacidad del líder para construir un planteamiento realista, creíble y atractivo a futuro, se transforma en una variable indispensable para dar cuenta del fenómeno.

El líder transformador es aquel que, a partir de una acertada lectura del contexto, genera una visión en la cual se expone un futuro más satisfactorio que se opone al malestar presente, apelando luego a los valores, a los ideales y a las emociones a los fines de concitar el apoyo de los seguidores y movilizar la energía en pro del cambio. Son numerosos los autores que sustentan que las sociedades demandan en la actualidad líderes transformadores, esto es, capaz de generar y articular una visión y de vertebrar las adhesiones y los apoyos necesarios para llevarla a la práctica. El liderazgo político como todo fenómeno de liderazgo es relacional puesto que no puede haber líder político sin seguidores, ni liderazgo sin un individuo que sea líder de un grupo y que se desempeñe en un contexto específico. Al plantear el liderazgo como una interacción, se acepta que existe algún tipo de intercambio entre el líder, los seguidores y el contexto. Este intercambio es tanto material como simbólico. En consecuencia, la comunicación está presente (de forma verbal o no verbal) en todos los procesos de intercambio, incluido el liderazgo político.
El liderazgo como proceso de interacción: elementos intervinientes lo político que se define, al mismo tiempo, como una forma particular de interacción que, obviamente, es comunicativa” (Lucas y Murillo, 2003:2). Es a través de la comunicación que se establecen conexiones entre el líder y otras personas, entre el líder y las instituciones y entre las instituciones y los individuos. La comunicación es el elemento que pone en relación a todos los factores que intervienen en el fenómeno ya que desde y con ella, es factible llevar a cabo el proceso de interacción. La centralidad de la comunicación en el fenómeno de liderazgo (no sólo político) puede detectarse fácilmente en gran cantidad de autores que han coincidido en otorgarle un papel relevante a la comunicación en la construcción del liderazgo. En un estudio realizado por Bass 3 en el que se analizan más de doscientas definiciones de liderazgo encuadradas en el Enfoque de los Rasgos, la fluidez verbal, la capacidad para ganarse la cooperación de otras personas y la persuasión, aparecen como elementos comunes a la gran mayoría de ellas.
En tanto, las aproximaciones que focalizan en las conductas de los líderes, han subrayado los comportamientos que poseen como meta influir en los seguidores a los efectos de obtener adhesiones, generar credibilidad y confianza, fomentar el espíritu de equipo, etc. 4 Igualmente, y desde una perspectiva Situacional-Contingente 5, Tannenbau, Wescheler y Massarik (1961) sostienen que el liderazgo se orienta mediante un proceso de comunicación. Las investigaciones más modernas encuadradas en lo que se ha dado en llamar corriente del “nuevo liderazgo” y que se articulan en torno al concepto de visión, recalcan la “capacidad del líder para definir, articular y comunicar eficazmente una visión” (Natera, 2001:35). El líder trans, 3 el estudio de Bass parte de una recopilación de definiciones llevada a cabo por él, conjuntamente con Stogdill. 4 Véase Valero (1990), Northouse (1997), Blake y Mouton (1982). 5 se corresponde con el esquema en que se hace hincapié en la influencia del contexto. Formador del cual tanto se habla en estos tiempos, no debe solamente ser capaz de formular una visión, sino que debe también saber comunicarla. El liderazgo existe en función de la comunicación y se demuestra en parte, por medio de conductas comunicativas.

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La violencia política de agravio social con polarizada región del país. Polarización de grupos vulnerables y la seguridad.
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Más allá del narcotráfico

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El devastador impacto ambiental del Cártel de Jalisco Nueva Generación en América Latina

La violencia en México se intensificó tras un operativo militar en el sur del estado de Jalisco que terminó con la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG). En represalia, el cártel desató una ola de ataques y bloqueos en varios puntos del país que ya dejan más de 60 personas muertas.

El Cártel de Jalisco Nueva Generación es considerado uno de los grupos criminales más poderosos y violentos de México. Mantenía una extensa red dedicada al tráfico de fentanilo, metanfetamina y cocaína hacia Estados Unidos. Su expansión también ha tenido graves consecuencias ambientales y sociales. Investigaciones periodísticas de Mongabay Latam documentan cómo miles de pescadores en Jalisco y la costa del Pacífico viven atrapados entre la pobreza, la extorsión y la violencia, mientras el cártel utiliza los mares para el narcotráfico.

En tierra, la expansión del aguacate ha provocado una alarmante pérdida de bosques, en un negocio infiltrado por mafias ligadas al CJNG. Además, más de 200 toneladas de mercurio han sido traficadas desde México hacia la Amazonía de Perú, Bolivia y Colombia para alimentar la minería ilegal. En Ecuador, bandas de piratas asociadas al cártel mexicano controlan puertos y extorsionan a pescadores artesanales, extendiendo la violencia más allá de las fronteras mexicanas.

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Jalisco es el segundo estado productor de aguacate en México. Imágenes satelitales revelan cómo la expansión de este cultivo ha generado una grave pérdida de bosque. A esto se suma que detrás de este negocio hay mafias criminales que se presentan como parte del Cártel Jalisco Nueva Generación.

Miles de pescadores en Jalisco y la costa del Pacífico mexicana están atrapados entre la pobreza y la violencia del narcotráfico. El Cártel de Jalisco Nueva Generación utiliza los mares para expandir sus negocios ilícitos. Investigamos el caso.

Más de 200 toneladas de mercurio han sido traficadas desde México hacia la Amazonía de Perú, Bolivia y Colombia para alimentar la minería ilegal. Así lo revela la Agencia de Investigación Ambiental (EIA), que además encontró que el Cártel Jalisco Nueva Generación lidera esta red criminal.

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Más del 70 % de pescadores artesanales en Puerto Bolívar, en Ecuador, paga extorsiones para salir a pescar. Quienes no pagan enfrentan amenazas, robos, desapariciones y asesinatos. Piratas y bandas como Los Lobos, ligada al cártel Jalisco Nueva Generación, controlan el narcotráfico en el puerto

 

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El Mencho es el mensaje

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Opinión de Raymundo Sánchez

Lo dijo perfecto el general secretario de la Defensa, Ricardo Trevilla, en la conferencia mañanera del pasado lunes: “Se demostró la fuerza del Estado mexicano”, en referencia al operativo del Ejército con el que se eliminó a Nemesio Rubén Oseguera, alias El Mencho, uno de los más peligrosos capos del planeta.

En efecto, la acción militar contra el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación dejó claro que la fuerza del Estado mexicano es mucho mayor a la de cualquier grupo delictivo, con lo que se modifica la percepción sobre el poder real y efectivo de la delincuencia organizada.

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Bastaron un impecable trabajó de inteligencia entre México y Estados Unidos, y un operativo coordinado por el Gabinete de Seguridad, al mando de Omar García Harfuch, para dejar acéfalo al mayor grupo criminal de México, al que se le atribuyen más de 75 mil homicidios, la desaparición de 10 mil personas en Jalisco y un poderío económico de 20 mil millones de dólares.

Un cártel que, además, opera en 29 de las 32 entidades de México, y cuyos tentáculos se extienden a 40 países de Europa, América, Asia, África, y a las 50 entidades de Estados Unidos. Un poder mucho mayor al que en su momento tuvo el colombiano Pablo Escobar. Pero ni así le alcanzó para evadir la acción del gobierno mexicano el pasado domingo.

En ese sentido, el operativo ejecutado por la Defensa Nacional fue en sí mismo un muy poderoso mensaje para los miembros de la delincuencia organizada, que hasta el sexenio pasado se les dejó imponer su ley, controlar 70 por ciento del territorio nacional, poner y quitar gobernantes y crear un Estado paralelo, mientras Palacio Nacional les daba abrazos y a lo mucho les advertía que los acusaría con su abuelita.

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Ahora, el gobierno cambió la ecuación a los maleantes y a sus cómplices en la política: el Estado dio un primer paso para recuperar el monopolio del uso de la fuerza y los territorios que les cedieron en el sexenio pasado. Y lo hace con calibres de uso exclusivo del Ejército.

También les hizo entender que la primera mujer presidentA no repetirá la historia del culiacanazo, cuando el 17 de octubre de 2019 el entonces presidente López ordenó liberar a Ovidio Guzmán, hijo de El Chapo Guzmán, inmediatamente después de que fuerzas federales lo habían aprehendido en Culiacán.

Pero, sobre todo,

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el operativo para eliminar a El Mencho mostró al mundo que el Estado mexicano y sus Fuerzas Armadas sí tienen la capacidad de combatir con éxito a los grupos delictivos

, del tamaño que sean, sin la intervención operativa de agentes estadounidenses. Y que, si sus antecesores en el gobierno no lo hicieron, evidentemente fue porque no quisieron. ***

EN EL VISOR:

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Toda la cuatroté respaldó y felicitó a la presidentA Sheinbaum y a las Fuerzas Armadas por el operativo en el que resultó abatido el capo

Nemesio Rubén Oseguera.

No así el fundador del movimiento, cuyo silencio dice más que mil palabras.

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POR RAYMUNDO SÁNCHEZ PATLÁN COLABORADOR RAYMUNDO@HERALDODEMEXICO.COM @R_SANCHEZP

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Ruido de fondo: El mito del narco “benefactor”

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Opinión de Alejandro Piña

Hace unos días, la responsable de comunicación social de Morena en el Congreso de la Ciudad de México dijo algo que debería prender todas las alertas: es difícil acabar con el crimen organizado porque “el narcotráfico es uno de los mayores empleadores” del país. El deslinde presidencial fue inmediato. Y tenía que serlo, porque esa frase, aunque sea un “desliz”, deja al descubierto una idea peligrosa: que el crimen es necesario.

Ese mito circula desde hace años: “sí, hacen daño, pero dan trabajo”; “ponen orden”; “ayudan donde el gobierno no llega”. Y no es casual, el sociólogo Diego Gambetta mostró que las organizaciones mafiosas no sobreviven sólo por la fuerza y la violencia, también se presentan como proveedoras de protección en contextos de ausencia estatal.El mito prospera ahí: en el abandono, la pobreza y la falta de oportunidades. Pero entender por qué surge no significa aceptarlo. De hecho, aceptarlo es el primer paso para resignarse.

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El crimen organizado no “da empleo” como quien abre una fábrica o un negocio. Lo que hace es reclutar: jóvenes que no ven salida, personas atrapadas por necesidad, familias amenazadas, comunidades asfixiadas. Cuando alguien entra a ese mundo, rara vez entra por vocación. Entra porque lo empujan, por la falta de oportunidades o por el miedo. Y cuando el “trabajo” viene con un arma, una amenaza o una deuda, eso no es trabajo: es coerción.

Las y los menores reclutados por la delincuencia organizada enfrentan un riesgo extremo de no llegar a la adultez. Estimaciones basadas en testimonios y en el análisis de especialistas en seguridad y derechos humanos advierten que, tras ser incorporados a estas redes criminales, su expectativa de vida se reduce drásticamente: en muchos casos, sobreviven apenas entre uno y tres años más. Detrás de estas cifras hay historias marcadas por la marginación, pero también una responsabilidad colectiva ineludible: la de impedir que la infancia y la adolescencia sigan siendo terreno fértil para estructuras que los desechan con la misma facilidad con la que los reclutan.

Además, el cuento de que el crimen “genera economía” se cae cuando miras el otro lado de la balanza: lo que destruyen. Pregúntale a cualquier comerciante que vive bajo cobro de piso si el crimen “da orden”. El crimen no impulsa negocios: los exprime. No crea empresas: las cierra. No produce riqueza: la roba. Los costos de seguridad privada, los negocios que bajan cortinas, los emprendedores que renuncian, las rutas de transporte extorsionada. Todo esto es economía real que se rompe.

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Y está la otra parte: la vida cotidiana. El crimen te cobra por vender, por mover mercancía, por abrir, por existir. “Paga y te dejo trabajar”, esa es la lógica. No es un empleador: es un parásito que se cuelga del esfuerzo de la gente y lo convierte en tributo.

Incluso, cuando un grupo criminal “pavimenta una calle” o “financia una fiesta” no está resolviendo problemas: está comprando silencio y legitimidad. Es la misma lógica del cobro de piso, pero en versión simbólica: te doy algo para que me toleres, para que me veas como necesario, para que el Estado parezca ausente y yo parezca inevitable.

Y el daño más grave es el que no se ve en números, pero se siente en generaciones completas: niñas, niños y adolescentes en riesgo de reclutamiento. Ahí, el mito se vuelve tragedia, porque no es “empleo” lo que ofrecen: es cárcel o muerte. Es romper trayectorias escolares, destruir familias, cancelar futuros. Eso no es una salida, es una condena.

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Por eso, el problema de esa frase no es solo que sea imprudente. Es que normaliza la idea de que el crimen puede cumplir funciones sociales. Y, cuando la aceptamos, el estándar ciudadano se derrumba: dejamos de exigir seguridad, justicia y desarrollo, y nos conformamos con sobrevivir.

Desmontar este mito debería ser parte de la estrategia de seguridad. Combatir la inseguridad no termina en operativos e inteligencia, también es quitarle el relato al crimen organizado, quitarle el “prestigio”, quitarle la falsa etiqueta de “necesario”. Y, sobre todo, dar alternativas reales: empleo digno, educación, comunidad y un Estado que aparezca en serio. Porque la única “estabilidad” que ofrece el crimen es el miedo. Y México merece algo más fuerte que el miedo: merece confianza y paz.

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