Columnas
México, país donde hasta las coladeras cotizan en bolsa criminal
Opinión de Alberto Guerrero Baena
En las madrugadas de casi cualquier ciudad mexicana, personas armadas con una segueta, un soplete portátil o un camión con logotipos falsos levantan coladeras, cortan cables, desmontan luminarias y arrancan válvulas de agua. No son simples rateros callejeros: forman parte de circuitos criminales que abastecen mercados ilegales de metales y refacciones industriales.
¿Qué se roban y por qué? El valor oculto de la infraestructura urbana Prevención urgente: soluciones técnicas, legales y operativas Sanciones necesarias: el daño social debe perseguirse como delito grave Obligaciones ineludibles: cada nivel de gobierno tiene funciones específicas Una solución integral: trazabilidad, corresponsabilidad y tecnología pública
La obra pública pagada con impuestos termina reciclada al peso. Este fenómeno permaneció invisibilizado durante bastante tiempo hasta que el periodista Andrés Solís, desde Meganoticias TVC, documentó junto con sus colegas de investigación de la misma cadena, que el país está perdiendo infraestructura a una velocidad alarmante, mientras los gobiernos apenas reaccionan. El resultado es una crisis silenciosa que deteriora servicios públicos esenciales, genera accidentes mortales, provoca apagones y fuga de recursos millonarios. Frente a este escenario, México necesita reconocer el robo de equipamiento urbano como un delito estratégico que vulnera la seguridad, la movilidad, la salud y la vida cotidiana. El botín urbano es diverso y rentable. Las coladeras de hierro fundido y los registros de drenaje se revenden por tonelada a fundidoras clandestinas; el cobre extraído de cables eléctricos, semáforos y telefonía tiene un valor elevado en mercados internacionales; las tuberías y válvulas de agua se venden como refacciones sin control sanitario; luminarias LED y transformadores se comercializan como “material recuperado”; incluso las baterías de equipos de señalización vial terminan en chatarrerías. El crimen organizado opera como intermediario y compra a cuadrillas locales que desmantelan infraestructura con rapidez. La lógica es simple: el costo criminal es bajo, la ganancia inmediata y la reposición la paga el gobierno. Este tipo de robo aumenta en zonas con escasa vigilancia, mantenimiento deficiente y burocracias incapaces de inventariar sus propios bienes. Esta negligencia tiene consecuencias fatales. En noviembre de 2023, dos mujeres que asistían a un concierto en el Palacio de los Deportes, en la Ciudad de México, cayeron en una coladera sin tapa. No había señalización, iluminación ni personal que advirtiera el peligro. Ambas murieron antes de recibir ayuda. No fue un accidente: fue la consecuencia directa de una infraestructura desmantelada sin control y de una autoridad incapaz de proteger espacios públicos básicos. Mitigar estos delitos requiere medidas simultáneas: a) Soluciones técnicas: sustitución de coladeras metálicas por polímeros reforzados sin valor de reventa; blindaje de cables con fundentes químicos que inutilizan el cobre al extraerlo; dispositivos de anclaje con código QR para inventarios públicos y rastreo de piezas; uso de sensores que alerten sobre la apertura o retiro de infraestructura crítica. b) Soluciones legales: los centros de reciclaje deben estar obligados a registrar a vendedores, exigir facturas y reportar compras sospechosas. c) Soluciones operativas: inventarios digitales actualizados, inspecciones permanentes en puntos críticos, cámaras en zonas estratégicas y brigadas mixtas de seguridad y mantenimiento. No se trata solo de reaccionar cuando algo desaparece, sino de anticiparse con tecnología y trazabilidad, evitando tragedias como la del Palacio de los Deportes. Hoy, en muchos estados, el robo de infraestructura se castiga como si fuera un hurto menor. Esta visión es absurda. La sustracción de un registro puede provocar la muerte de una persona; el robo de cables de semáforos genera choques múltiples; la extracción de válvulas de agua produce fugas masivas y contaminación. Por ello, debe tipificarse como delito grave por afectación a servicios esenciales. Las sanciones deben aplicarse no solo a quien roba, sino a quienes compran, transportan, funden, reciclan y comercializan materiales sin verificación. Además, las empresas de reciclaje que compren infraestructura pública sin comprobación deben enfrentar multas millonarias, clausura y responsabilidad penal. Penalizar solo al ladrón perpetúa el ciclo criminal y deja impunes a los actores económicos que lucran con la tragedia. Los municipios deben ser responsables del inventario en tiempo real, la vigilancia de puntos críticos y el mantenimiento inmediato. Los gobiernos estatales deben coordinar a las fiscalías para perseguir redes, no robos aislados, además de regular centros de reciclaje y fundidoras. El gobierno federal debe tipificar el delito a nivel nacional, coordinar inteligencia patrimonial para rastrear compradores y financiar tecnologías preventivas. Hoy, la falta de coordinación genera impunidad compartida: el municipio reporta, la policía estatal no investiga, la federación no prioriza y el reciclador alega “ignorancia”. Mientras tanto, la ciudadanía camina sobre trampas mortales. México necesita una política nacional contra el robo de infraestructura urbana basada en tres pilares: – Trazabilidad obligatoria de bienes públicos desmontables. – Corresponsabilidad penal de cada actor de la cadena de compra. – Tecnología accesible para gobiernos locales.
Conclusión
Cada pieza retirable debe estar inventariada en una plataforma pública con código único. Cada centro de reciclaje debe registrar compras en un sistema interconectado. Cada brigada municipal debe contar con herramientas de autenticación. Además, la federación debe crear un fondo para sustituir infraestructura vulnerable por materiales no comercializables. Esta política cerraría el mercado ilegal que hace posible el robo. El robo de infraestructura urbana no es vandalismo menor; es una amenaza estructural que cobra vidas y erosiona servicios públicos. México puede contener esta crisis si reconoce su gravedad, penaliza a toda la cadena criminal y coordina soluciones preventivas basadas en trazabilidad y tecnología. Proteger la infraestructura no es gasto: es seguridad pública y el derecho ciudadano a una ciudad que no asesine por negligencia. _____ Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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Más allá del narcotráfico
El devastador impacto ambiental del Cártel de Jalisco Nueva Generación en América Latina
La violencia en México se intensificó tras un operativo militar en el sur del estado de Jalisco que terminó con la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG). En represalia, el cártel desató una ola de ataques y bloqueos en varios puntos del país que ya dejan más de 60 personas muertas.
El Cártel de Jalisco Nueva Generación es considerado uno de los grupos criminales más poderosos y violentos de México. Mantenía una extensa red dedicada al tráfico de fentanilo, metanfetamina y cocaína hacia Estados Unidos. Su expansión también ha tenido graves consecuencias ambientales y sociales. Investigaciones periodísticas de Mongabay Latam documentan cómo miles de pescadores en Jalisco y la costa del Pacífico viven atrapados entre la pobreza, la extorsión y la violencia, mientras el cártel utiliza los mares para el narcotráfico.
En tierra, la expansión del aguacate ha provocado una alarmante pérdida de bosques, en un negocio infiltrado por mafias ligadas al CJNG. Además, más de 200 toneladas de mercurio han sido traficadas desde México hacia la Amazonía de Perú, Bolivia y Colombia para alimentar la minería ilegal. En Ecuador, bandas de piratas asociadas al cártel mexicano controlan puertos y extorsionan a pescadores artesanales, extendiendo la violencia más allá de las fronteras mexicanas.
Jalisco es el segundo estado productor de aguacate en México. Imágenes satelitales revelan cómo la expansión de este cultivo ha generado una grave pérdida de bosque. A esto se suma que detrás de este negocio hay mafias criminales que se presentan como parte del Cártel Jalisco Nueva Generación.
Miles de pescadores en Jalisco y la costa del Pacífico mexicana están atrapados entre la pobreza y la violencia del narcotráfico. El Cártel de Jalisco Nueva Generación utiliza los mares para expandir sus negocios ilícitos. Investigamos el caso.
Más de 200 toneladas de mercurio han sido traficadas desde México hacia la Amazonía de Perú, Bolivia y Colombia para alimentar la minería ilegal. Así lo revela la Agencia de Investigación Ambiental (EIA), que además encontró que el Cártel Jalisco Nueva Generación lidera esta red criminal.
Más del 70 % de pescadores artesanales en Puerto Bolívar, en Ecuador, paga extorsiones para salir a pescar. Quienes no pagan enfrentan amenazas, robos, desapariciones y asesinatos. Piratas y bandas como Los Lobos, ligada al cártel Jalisco Nueva Generación, controlan el narcotráfico en el puerto
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El Mencho es el mensaje
Opinión de Raymundo Sánchez
Lo dijo perfecto el general secretario de la Defensa, Ricardo Trevilla, en la conferencia mañanera del pasado lunes: “Se demostró la fuerza del Estado mexicano”, en referencia al operativo del Ejército con el que se eliminó a Nemesio Rubén Oseguera, alias El Mencho, uno de los más peligrosos capos del planeta.
En efecto, la acción militar contra el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación dejó claro que la fuerza del Estado mexicano es mucho mayor a la de cualquier grupo delictivo, con lo que se modifica la percepción sobre el poder real y efectivo de la delincuencia organizada.
Bastaron un impecable trabajó de inteligencia entre México y Estados Unidos, y un operativo coordinado por el Gabinete de Seguridad, al mando de Omar García Harfuch, para dejar acéfalo al mayor grupo criminal de México, al que se le atribuyen más de 75 mil homicidios, la desaparición de 10 mil personas en Jalisco y un poderío económico de 20 mil millones de dólares.
Un cártel que, además, opera en 29 de las 32 entidades de México, y cuyos tentáculos se extienden a 40 países de Europa, América, Asia, África, y a las 50 entidades de Estados Unidos. Un poder mucho mayor al que en su momento tuvo el colombiano Pablo Escobar. Pero ni así le alcanzó para evadir la acción del gobierno mexicano el pasado domingo.
En ese sentido, el operativo ejecutado por la Defensa Nacional fue en sí mismo un muy poderoso mensaje para los miembros de la delincuencia organizada, que hasta el sexenio pasado se les dejó imponer su ley, controlar 70 por ciento del territorio nacional, poner y quitar gobernantes y crear un Estado paralelo, mientras Palacio Nacional les daba abrazos y a lo mucho les advertía que los acusaría con su abuelita.
Ahora, el gobierno cambió la ecuación a los maleantes y a sus cómplices en la política: el Estado dio un primer paso para recuperar el monopolio del uso de la fuerza y los territorios que les cedieron en el sexenio pasado. Y lo hace con calibres de uso exclusivo del Ejército.
También les hizo entender que la primera mujer presidentA no repetirá la historia del culiacanazo, cuando el 17 de octubre de 2019 el entonces presidente López ordenó liberar a Ovidio Guzmán, hijo de El Chapo Guzmán, inmediatamente después de que fuerzas federales lo habían aprehendido en Culiacán.
Pero, sobre todo,
el operativo para eliminar a El Mencho mostró al mundo que el Estado mexicano y sus Fuerzas Armadas sí tienen la capacidad de combatir con éxito a los grupos delictivos
, del tamaño que sean, sin la intervención operativa de agentes estadounidenses. Y que, si sus antecesores en el gobierno no lo hicieron, evidentemente fue porque no quisieron. ***
EN EL VISOR:
Toda la cuatroté respaldó y felicitó a la presidentA Sheinbaum y a las Fuerzas Armadas por el operativo en el que resultó abatido el capo
Nemesio Rubén Oseguera.
No así el fundador del movimiento, cuyo silencio dice más que mil palabras.
POR RAYMUNDO SÁNCHEZ PATLÁN COLABORADOR RAYMUNDO@HERALDODEMEXICO.COM @R_SANCHEZP
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Ruido de fondo: El mito del narco “benefactor”
Opinión de Alejandro Piña
Hace unos días, la responsable de comunicación social de Morena en el Congreso de la Ciudad de México dijo algo que debería prender todas las alertas: es difícil acabar con el crimen organizado porque “el narcotráfico es uno de los mayores empleadores” del país. El deslinde presidencial fue inmediato. Y tenía que serlo, porque esa frase, aunque sea un “desliz”, deja al descubierto una idea peligrosa: que el crimen es necesario.
Ese mito circula desde hace años: “sí, hacen daño, pero dan trabajo”; “ponen orden”; “ayudan donde el gobierno no llega”. Y no es casual, el sociólogo Diego Gambetta mostró que las organizaciones mafiosas no sobreviven sólo por la fuerza y la violencia, también se presentan como proveedoras de protección en contextos de ausencia estatal.El mito prospera ahí: en el abandono, la pobreza y la falta de oportunidades. Pero entender por qué surge no significa aceptarlo. De hecho, aceptarlo es el primer paso para resignarse.
El crimen organizado no “da empleo” como quien abre una fábrica o un negocio. Lo que hace es reclutar: jóvenes que no ven salida, personas atrapadas por necesidad, familias amenazadas, comunidades asfixiadas. Cuando alguien entra a ese mundo, rara vez entra por vocación. Entra porque lo empujan, por la falta de oportunidades o por el miedo. Y cuando el “trabajo” viene con un arma, una amenaza o una deuda, eso no es trabajo: es coerción.
Las y los menores reclutados por la delincuencia organizada enfrentan un riesgo extremo de no llegar a la adultez. Estimaciones basadas en testimonios y en el análisis de especialistas en seguridad y derechos humanos advierten que, tras ser incorporados a estas redes criminales, su expectativa de vida se reduce drásticamente: en muchos casos, sobreviven apenas entre uno y tres años más. Detrás de estas cifras hay historias marcadas por la marginación, pero también una responsabilidad colectiva ineludible: la de impedir que la infancia y la adolescencia sigan siendo terreno fértil para estructuras que los desechan con la misma facilidad con la que los reclutan.
Además, el cuento de que el crimen “genera economía” se cae cuando miras el otro lado de la balanza: lo que destruyen. Pregúntale a cualquier comerciante que vive bajo cobro de piso si el crimen “da orden”. El crimen no impulsa negocios: los exprime. No crea empresas: las cierra. No produce riqueza: la roba. Los costos de seguridad privada, los negocios que bajan cortinas, los emprendedores que renuncian, las rutas de transporte extorsionada. Todo esto es economía real que se rompe.
Y está la otra parte: la vida cotidiana. El crimen te cobra por vender, por mover mercancía, por abrir, por existir. “Paga y te dejo trabajar”, esa es la lógica. No es un empleador: es un parásito que se cuelga del esfuerzo de la gente y lo convierte en tributo.
Incluso, cuando un grupo criminal “pavimenta una calle” o “financia una fiesta” no está resolviendo problemas: está comprando silencio y legitimidad. Es la misma lógica del cobro de piso, pero en versión simbólica: te doy algo para que me toleres, para que me veas como necesario, para que el Estado parezca ausente y yo parezca inevitable.
Y el daño más grave es el que no se ve en números, pero se siente en generaciones completas: niñas, niños y adolescentes en riesgo de reclutamiento. Ahí, el mito se vuelve tragedia, porque no es “empleo” lo que ofrecen: es cárcel o muerte. Es romper trayectorias escolares, destruir familias, cancelar futuros. Eso no es una salida, es una condena.
Por eso, el problema de esa frase no es solo que sea imprudente. Es que normaliza la idea de que el crimen puede cumplir funciones sociales. Y, cuando la aceptamos, el estándar ciudadano se derrumba: dejamos de exigir seguridad, justicia y desarrollo, y nos conformamos con sobrevivir.
Desmontar este mito debería ser parte de la estrategia de seguridad. Combatir la inseguridad no termina en operativos e inteligencia, también es quitarle el relato al crimen organizado, quitarle el “prestigio”, quitarle la falsa etiqueta de “necesario”. Y, sobre todo, dar alternativas reales: empleo digno, educación, comunidad y un Estado que aparezca en serio. Porque la única “estabilidad” que ofrece el crimen es el miedo. Y México merece algo más fuerte que el miedo: merece confianza y paz.
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